En el último número de #noticiassemFYC publicamos un artículo redactado desde el GdT en Salud Basada en las Emociones de la semFYC cuyo título era “Lágrimas en la consulta” en el que se explicaba y se reflexionaba acerca de la idoneidad – y la necesidad – de llorar en la consulta por parte de los médicos de familia. En el artículo se describía como totalmente normal el llanto por parte de los pacientes, pero planteaba si, con el fin de mostrar una mayor empatía, o simplemente porque no lo podíamos evitar, los médicos y las médicas de familia tienen que llorar ante los pacientes. Para ilustrar una situación en la que se planteaba esta duda, el autor del texto nos ponía un ejemplo anónimo reciente de algo que le había sucedido con una paciente hacía apenas unos días. Tras haber publicado el artículo en #noticiassemFYC, y tras haber sido leído por parte de la paciente en cuestión, ha querido responder con la misma historia desde su punto de vista. Compartimos aquí sus reflexiones, desde el otro lado de la Atención Primaria.

https://www.semfyc.es/lagrimas-en-la-consulta/

 

Lágrimas en la consulta (respuesta de una paciente agradecida)

 

Me despierto agitada, es el día. Apenas desayuno, me visto y salgo. Hace un día soleado. Me paro unos segundos para sentir la luz y el calor en la cara. Respiro toda la energía. Entro en el centro de salud y me siento en la sala de espera. He llegado un poco antes de la hora de mi cita y aprovecho para echar un vistazo a los periódicos digitales. Comienzo a sentir cierta inquietud, pero prefiero ignorarla. Llaman a la mujer sentada a mi derecha. Dejo el móvil a un lado y mi mirada queda perdida en ninguna parte. La mujer a la que han llamado unos minutos antes dice mi nombre y me sostiene la puerta invitándome a entrar en la consulta. Me siento y veo por primera vez a mi médico de familia.

“Hola, buenos días”, saludo. “Hola, buenas. ¿Qué es lo que te ocurre?”, me responde mientras me mira fijamente a los ojos. ¿Qué es lo que me ocurre? ¿Qué me pasa? ¿Cómo contarlo en dos minutos? ¿Cómo abrirme a alguien que nunca antes había visto? ¿Cómo reaccionará? ¿Qué opinión se llevará de mí? Comienzo a hablar. No pienso con claridad. Las palabras se agolpan en mi boca y salen despedidas.

Hablo de las horas sin dormir. De los pinchazos en el baño del trabajo para la estimulación ovárica. De sedaciones profundas y cuatro trasferencias embrionarias. De la larga espera hasta el test de embarazo, que siempre ha sido negativo. De los años que llevo intentando quedarme embarazada, visitando ginecólogos, clínicas, haciéndome decenas de pruebas. Las frases fluyen, comienzo a emocionarme, no lo puedo controlar. Mis ojos se humedecen, al igual que mi nariz, mi discurso se entrecorta. Mi interlocutor se levanta y coge un trozo de papel de un royo colgado en la pared. Me lo tiende. Sigue mirándome y escuchando atentamente. Respiro y continúo. Le cuento cómo tuve que descansar durante algo más de una año porque ni a nivel físico ni psicológico estaba preparada para continuar con los tratamientos. Le cuento que, después de ese tiempo, habíamos decidido intentarlo por última vez. El último embrión que me transferirían. “Hay que saber cuándo rendirse”, le digo. Y le confirmo que la transferencia estaba preparada para ese mismo día, siempre y cuando el proceso de descongelación fuese bien y el embrión viable.

Me avergüenzo cuando le digo, aún con el sabor salado de las lágrimas en la comisura de los labios, que no me siento con fuerza de volver a pasar por el proceso mientras trabajo. En las otras ocasiones había vuelto a mi puesto inmediatamente después de la transferencia. Pero en la última consulta, mi ginecólogo me había aconsejado descansar, al menos, los primeros días si me sentía bajo cierto estrés en el trabajo. Siento el rubor en mis mejillas pero, al mismo tiempo, me siento desahogada, ligera. Mi médico me escucha interesadamente hasta el final, sin interrumpirme, y me responde con más preguntas. “¿Dónde trabajas?” “En comercio internacional” “¿Qué has estudiado?” “Una carrera superior y un máster” “¿Cuáles son tus hobbies?” Le hablo de los deportes que practico, de la lectura. “¿A qué tienes miedo?” “Al fracaso”. “¿Qué sería para ti un fracaso?” “No lo sé”.

Me doy cuenta de que me digo por primera vez a mí misma que no sé qué consideraría un fracaso esta vez. Tengo casi 40 años. Llevo desde los 34 intentando quedarme embarazada. Por aquel entonces, mis amigas, mis hermanas, mis compañeras de trabajo, todas, se quedaban embarazadas. Sentía cierta presión social, sentía miedo de arrepentirme si no tenía hijos. Ahora, sus bebés han crecido y ellas envidian mi libertad. Puedo hacer deporte, ir a conciertos, salir a cenar, viajar cuando quiera. Tengo un buen trabajo que me permite hacerlo pero, sobre todo, tengo tiempo. Soy dueña de mi tiempo. Lo aprovecho. No lo desperdicio. “No te agobies”, me dice, “pase lo que pase estará bien. No necesitas quedarte embarazada para demostrar nada, para sentirte realizada. ¿Te quedas embarazada? Genial. ¿No te quedas embarazada? Genial también”.

Tiene razón. Tiene toda la razón. Siento alivio, sosiego. Mi médico sigue mirándome a los ojos, no ha dejado de hacerlo en todo momento, y yo me percato de que me encuentro cómoda sentada en aquella silla de plástico, contándole mi triste historia a una persona que acabo de conocer. A una persona. No sé cuánto tiempo ha pasado, pero seguro que más de los 5 minutos de los que disponía. Me da la mano. Me saluda afectuoso y me desea suerte.

 

Salgo del ambulatorio y sigue haciendo sol. Vuelvo a pararme para sentirlo en el rostro. Tenía reservas con respecto a acudir a aquella cita, tenía miedo, inseguridad. Me alegro de haber ido. Me voy más tranquila y ligera. Me he sentido comprendida. He visto empatía en aquellos ojos. Pase lo que pase, estará bien. Vamos a ello.

 

Una paciente agradecida.

GdT en Salud Basada en las Emociones