A 63º59’44” latitud Sur, 056º43’47” longitud Oeste, los hielos comenzaban a acumularse, cortando nuestra proa y cerrándonos el camino hacia las islas de Seymour y Snow Hill, lugares emblemáticos de la fascinante expedición de Nordenskjöld hace 120 años, una de las más increíbles aventuras de supervivencia y rescate en la historia de las exploraciones polares. Estábamos en el Golfo de Erebus y Terror, y ya sabíamos de antemano que el Mar de Weddell es sobradamente conocido por la imprevisible presencia de hielos a estas latitudes.

Los días previos están impregnados de imágenes que quedarán para siempre grabadas en nuestras retinas: la observación de un océano en calma rodeado de hielo desde lo alto del mástil, pingüinos y lobos marinos a la deriva sobre los icebergs, avistamiento de todo tipo de ballenas a los costados del barco, glaciares que descienden con violencia hacia la costa, playas rebosantes de vida polar, volcanes submarinos, bases científicas, caminar un estrecho pasillo de piedras entre las masas de focas y pingüinos con miles de ojos clavados en la nuca, el estruendo del hielo quebrándose y cayendo al mar, el olor penetrante de las pingüineras, el tacto del hielo centenario, el viento cortando la cara, el sabor de un té caliente al regresar al barco tras otro intenso día afuera…

La Antártida es de una belleza extrema, dura, sobria, relajante y para que así siga hay que respetar las estrictas normas de la IAATO antes de cada desembarco: aspirar toda la ropa para evitar la diseminación de semillas, limpieza exhaustiva del calzado antes y después para impedir la propagación de enfermedades entre las colonias, no descender a tierra ningún alimento que no sea agua, no pisar donde crece alguna de las únicas tres especies vegetales autóctonas, no acercarse a ningún animal a menos de cinco metros de distancia – aunque esto no evite que ellos se acerquen a uno con la ingenua curiosidad de quien habita un lugar donde el ser humano es desconocido. Con estas sencillas reglas (y muchas otras que no recojo) nos aseguramos poder disfrutar de este entorno privilegiado por largo tiempo.

La dinámica es más o menos similar cada día: El jefe de expedición y su equipo idean los desembarcos que después, se podrán o no realizar en función de las duras condiciones meteorológicas. Si se puede, echamos las zodiacs al agua y navegamos buscando el camino entre el laberinto de hielo hasta llegar a la costa, desembarcando rápidamente entre los rompientes de las olas con el agua hasta los muslos. Una vez en tierra, cada día es diferente: acercamiento a las colonias de pingüinos Gentoo, Chinstrap, Adelie, King. o de lobos marinos, focas de Weddell, elefantes marinos; ascenso a volcanes, camino por glaciares, exploración de nuevos lugares.

Por mi parte soy afortunado, es una norma interna que el médico tenga que participar en todos los desembarcos portando el kit de primeros auxilios en caso que algo suceda en tierra… por suerte, en tierra, nunca sucedió nada.

Pero a 63º59’44” S, 056º43’47” W íbamos a tener que dar media vuelta de todas formas. Un pasajero joven, sano, (lo llamaré Richard, nombre inventado) que me había consultado el día anterior por un leve dolor abdominal inespecífico y dos vómitos, con exploración estrictamente normal, no estaba evolucionando bien. En menos de 24 horas el dolor se había localizado en flanco izquierdo hasta hacerse casi  incapacitante y el abdomen impresionaba de endurecerse en esa misma región, con el paso de las horas, aunque el dolor fluctuaba, el paciente refirió cese completo de expulsión de heces y gases, no se auscultaban ruidos intestinales, tenía puñopercusión renal izquierda positiva y la ampolla rectal se palpaba vacía y muy dilatada, mientras todas las constantes se mantenían estables. No llevaba mucho tiempo de evolución, pero no me gustaba el aspecto que iba tomando, así que fui al camarote de la capitana, que me escuchó con atención.

 -“¿Consideras que tenemos que evacuarlo?”.

 

 

La pregunta, que podría parecer obvia, tiene trampa. Mientras que en una guardia cualquiera habría derivado sin dudar a un paciente con esa clínica para realizar pruebas complementarias, aquí no es tan fácil. Una evacuación médica desde un rincón remoto de la Antártida supone una movilización espectacular: coordinación con los escasos medios que pueden operar en la región, con el Servicio Radio Médico, con el seguro médico, además requiere cambiar radicalmente el rumbo de toda la expedición y sacar a un miembro que ha estado esperando y preparando durante largo tiempo el viaje de su vida. Para terminar de complicar el asunto, tras una reunión con el jefe de expedición donde se estudiaron todas las opciones posibles, se concluyó que la decisión definitiva tendría que ser tomada en las próximas 2 horas como máximo, puesto que el único recurso disponible probablemente en toda la semana era un vuelo a Punta Arenas que, en principio, saldría a la mañana siguiente desde la base chilena de Frei, en la isla Rey Jorge, 140 millas náuticas al norte. Si no, la ventana se cerraba y probablemente no habría otra evacuación posible en largo tiempo. El paciente, por su parte, iba fluctuando, aunque la clínica impresionaba clara, la famosa incertidumbre que carga siempre en la mochila el médico de familia, aquí en la Antártida pesaba más que nunca. ¿Y si me equivoco?

El barco está únicamente equipado con las normas que dicta el Convenio Internacional Marítimo SOLAS, y no se recomienda traer a bordo el maletín personal“Tendrás que ser creativo con lo que sabes para usar lo que tenemos” – me dijo la capitana el día que llegué al barco. Pues bien, los únicos medios diagnósticos a bordo son el fonendo y el ojo clínico, y en terapéutica intravenosa no anda mucho más servido. La capitana me miraba fijamente, esperando una respuesta…

-“Lo sacamos”- dije. Y el Europa dio media vuelta en medio de los hielos y puso los motores a toda máquina rumbo norte para llegar a tiempo a la base de Frei. La noche fue intensa: la capitana contactaba con las oficinas centrales para informar de la situación, el jefe de expedición coordinaba la evacuación con la base chilena; por mi parte, me quedé toda la noche junto al paciente, que ya se encontraba en dieta absoluta. Entre los bamboleos del barco canalicé una vía para ir pasando los sueros que colgué de un gancho en el techo del camarote, administrando rescates a demanda de cloruro mórfico, único analgésico endovenoso que traíamos a bordo; y demás tratamiento sintomático. Al amanecer, el paciente se encontraba mucho mejor y ya se divisaban en la lejanía los volcanes de las Shetlands del Sur. El abdomen impresionaba de discreta mejoría, y las constantes seguían mantenidas, tanto como las dudas. No obstante, me supuso un gran alivio y simplificó enormemente el problema tomar la decisión de manera conjunta con Richard desde un principio, quien desde que se le expuso la situación, los pros y las contras, quiso ser evacuado y cooperó en todo momento para ello. Al llegar a la bahía donde se encontraba la base antártica, vientos de 40 nudos y olas de 3-4 metros azotaban las costas, dificultando cualquier desembarco, no obstante, el mismo viento que nos estaba zarandeando, había retrasado el vuelo que venía desde Punta Arenas hasta nuevo aviso. Esperamos pacientemente anclados en la bahía con todo preparado a la espera de una orden. A media tarde, el comandante de la base chilena dió el OK, y acto seguido lanzamos la zodiac y pudimos llevar finalmente al paciente a tierra hasta la misma puerta de la avioneta. Tan solo horas después, supimos que ya estaba ingresado en un hospital de Chile y nosotros volvíamos a las zodiacs, esta vez para explorar los glaciares que rodean la isla Rey Jorge.

Fue un duro e inesperado shock para toda la tripulación, pero la vida continúa a bordo y todavía tenemos cuarenta días de travesía por delante. Aprovechando los vientos favorables que soplan del suroeste, desplegamos las velas rumbo a la isla Elefante, una mole de roca y hielo en medio del océano donde los últimos hombres de la expedición de Shackleton permanecieron en un improvisado abrigo durante cuatro meses de invierno esperando un improbable rescate. Y de ahí, siguiendo su misma estela, la que realizó Shackleton en un bote auxiliar de 22 pies expuesto a todas las penurias de este océano, nos dirigimos actualmente viento en popa hacia la isla Georgia del Sur, un paraíso polar a más de 500 millas de distancia.

En cuanto a Richard, precisamente hoy recibimos un email vía satélite desde el hospital donde continua ingresado, no dio muchas explicaciones, pero contó que tras someterse a varias pruebas, se llegó finalmente a un diagnóstico tras realizar una RMN y está mejorando progresivamente continuando tratamiento intravenoso.

En el hospital todo resulta infinitamente más sencillo, pero a bordo de un velero surcando estas aguas antárticas, y salvando las obvias excepciones, a veces me da la sensación de que la medicina que practico, no creo que diste tanto de la que llevaban a cabo los médicos de las expediciones de Nordenskjöld o de Ernest Shackleton.

 

 

Diario de a bordo, Bark Europa, Día 14

 

Adrián Castellote

Representante de la semFYC en la red de WONCA Europa de Medicina Rural y Remota EURIPA

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